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Esa semana

Esa fatídica semana en la que todo se paró.

Tu corazón.  

Mi vientre.

La vida.

Esa semana en la que mi futuro se desvanecía y ya nada sería como había soñado.

Esa semana que quedó grabada a fuego en mi alma para siempre.

Esa semana.

La 31 es la mía. Es una interrupción de embarazo, me dicen. Sin casi entender qué quiere decir aquella doctora con eso, mis ojos asienten.

Mi mente no lo entiende. Mi corazón sí, porque rompe a llorar y a berrear, y a doler.

Ya está. Se ha acabado. El sueño de mi maternidad se ha roto.

¿Y ahora qué? ¿Quién lo recompone? ¿Cómo se reconstruye? ¿Cómo puede dejar de doler?

Esa semana, que la recuerdo como la más tétrica casa de los horrores con los peores monstruos que puedan existir.

Esa semana por la que tendré que pasar en mis futuros embarazos.

Por la que pasé en mi segundo embarazo y por la que estoy transitando plenamente en ahora que mi nuevo bebé crece en mí.

 

Hace unos días que el temor se ha colado en mi casa y por las noches duerme en el sofá. Y aunque le invito a irse, parece algo testarudo y asegura que se queda. Le he empezado a hacer el desayuno y empieza a despertarme algo de ternura.

En realidad es mi compañero. Y aunque disimule y haga ver que no vive aquí, sé que está y que ha venido porque yo lo he creado.

¿Y cómo no crearlo? Es mi defensa. Mi protección. Mi automatismo espontáneo que me recuerda que el amor puede doler. Y que he de estar alerta por si acaso...

 

Esa semana. Que fue muerte y ahora es vida.

Esa semana. Que tanto me asusta.

Esa semana...

Esta semana y las que vienen después. Las predecesoras a tu llegada.

 

Te espero, bolita de amor. Con mis miedos y mi ilusión.

Confío en ti y confío en mí.

Confío también en que la muerte de tu hermana no solo fue dolor. Fue aprendizaje. Coraje. Sabiduría.

Y gracias a ella estoy aquí hoy.

 

Gracias vida por dejarme, una vez más, ser portadora del amor máximo que existe.

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